viernes, 1 de junio de 2007

Los primeros materialistas

El hombre, por naturaleza, tiende a creer en un mundo transcendental. De hecho, muchas de las primeras manifestaciones culturales que se conocen están relacionadas con la muerte, y con el viaje al más allá. Existen infinidad de sepulturas en las que el enterrado se ve acompañado de objetos para poder utilizarlos en la otra vida. Por tanto, podemos decir que, en algún momento de la prehistoria, surgió en la mente de los seres humanos la idea de un mundo sobrenatural poblado por seres espirituales, a donde el alma acaba viajando una vez superada la muerte. Aparece la idea de "alma", la parte espiritual del hombre, diferente del cuerpo físico.

Ninguna cultura se había planteado anteriormente la ausencia de una vida más allá de la muerte, ni de los espíritus, las almas, los dioses. En fin, la religión era algo tan cotidiano como la vida misma. Distintos pueblos tenían distintas religiones, pero no había ninguno puramente "materialista".

La grecia clásica supone un punto y aparte en el mundo del pensamiento. Los primeros filósofos comienzan a dudar de la veracidad de sus mitos ancestrales, que relacionan a los dioses con la creación del universo y el curso de la historia. Al entrar en contacto con otras culturas, empiezan a comprender que la concepción de la existencia en ellas es tan verosímil como la suya propia, y sin embargo todo es relatado de otra manera. Existen más datos históricos que no coinciden con los suyos ni con los relatos de su mitología.

Así pues, los filósofos pioneros comienzan a reflexionar sobre el mundo de una forma "racional". Sin mezclar mito con experiencia. Tratan de explicar la realidad sin recurrir a la mitología.

Quizás el primer materialista "puro" fuese Demócrito de Abdera. Según él, el mundo esta formado por "átomos": pequeñas partículas de distintas formas y tamaños, que se mezclan rebotan o se unen entre sí, para formar todas las cosas. No existe nada más que estos átomos. Podemos desprendernos de nuestras ideas morales, prejuicios, remordimientos... El mundo es azaroso y los acontecimientos suceden únicamente debido a los movimientos de los átomos. Nosotros no influimos. Cuando nuestros átomos se separan, morimos y desaparecemos. No hay nada más. Ese es el mensaje de Demócrito.

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